Hace tiempo, un compañero catalán me comentaba en broma que nos íbamos a enterar el día en que Cataluña se declarase independiente. En idéntico tono, le contesté que tenía una forma muy sencilla de conseguirlo que consistía en hacer un referendum en toda España excepto en Cataluña. Aunque nominalmente pudiera llamarse expulsión en lugar de independencia, los resultados prácticos serían idénticos. Para mi sorpresa, no le gustó la broma aunque supongo que consideraba la propia de un gusto excelente.
Los que no creemos en el "España es una unidad de destino en lo universal" del fundador de la Falange no nos asustamos por la palabra independencia ni, en consecuencia, con que alguien confiese que ése es su objetivo político. Lo que sí resulta molesto es que haya quien trate de obtener posiciones de privilegio utilizando como amenaza permanente precisamente la posibilidad de caminar hacia la independencia.
El independentismo es una opción perfectamente legítima al igual que puede serlo el anexionismo siempre que no se hagan trampas. Por ejemplo, parece que a Puerto Rico no le sentó muy mal entrar a formar parte de Estados Unidos y, por el contrario, parece que el intento de Marruecos de apropiarse por completo del Sahara no es muy bien recibido como claramente está de actualidad estos días.
Sin embargo, al igual que el independentismo puede ser una meta legítima, el nacionalismo no lo es porque olvida en su discurso un elemento básico: Que los derechos son de las personas individuales y no de "comunidades" cuyas fronteras geográficas e incluso ideológicas gustan de manipular al máximo.
Nada más querido para un nacionalista que confundir "catalán" con "nacionalista catalán", "vasco" con "nacionalista vasco" o "español" con "centralista español facha". Además, necesitan constantemente aparecer como víctimas aunque ejerzan de verdugos y, en contra de lo que algunos dicen en el sentido de que "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando", el nacionalismo es inmune a la experiencia porque ésta puede curar de la ignorancia pero no del sectarismo.
Nada más querido para un nacionalista que confundir "catalán" con "nacionalista catalán", "vasco" con "nacionalista vasco" o "español" con "centralista español facha". Además, necesitan constantemente aparecer como víctimas aunque ejerzan de verdugos y, en contra de lo que algunos dicen en el sentido de que "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando", el nacionalismo es inmune a la experiencia porque ésta puede curar de la ignorancia pero no del sectarismo.
Hay múltiples ejemplos de esto aunque el más reciente lo encuentro en el libro Comunicación y poder del profesor de la Universidad de California del Sur y de la UOC Manuel Castells . Ya en la solapa del libro puede encontrarse la siguiente frase "Ha recibido condecoraciones en Francia, Cataluña, Finlandia, Portugal y Chile", frase que invita al juego de buscar cuál de los elementos no pertenece al conjunto y que, con seguridad, no se trata de un error de imprenta.
Ya dentro del libro nos cuenta que "las identidades culturales específicas se convierten en trincheras de autonomía y a veces de resistencia para colectivos e individuos que se niegan a disiparse en la lógica de las redes dominantes". La trayectoria de Castells e incluso el comentario visto antes llevan a pensar que esta frase tiene una lectura clara dentro de la onda del victimismo nacionalista aunque, y seguro que esto no le gustaría, puede ser perfectamente leída también como expresión de la situación de los hispanohablantes en la Cataluña que tanto venera Castells.
Esto es lo que no es aceptable. ¿Realmente se busca la independencia como se dice en las consultas de estos días en una serie de pueblos catalanes? Adelante; anímense porque es posible que encuentren muchos más de los que piensan dispuestos a apoyarles en sus ambiciones.
Lo ilegítimo del nacionalismo no es la búsqueda de la independencia sino del privilegio. Bien podría ocurrirles que, de tanto tensar la cuerda, se quedasen con ella en la mano pero cuando ocurra eso será demasiado tarde para la vuelta atrás y tendrán que buscarse otro a quien echarle la culpa de sus males.
Lo ilegítimo del nacionalismo no es la búsqueda de la independencia sino del privilegio. Bien podría ocurrirles que, de tanto tensar la cuerda, se quedasen con ella en la mano pero cuando ocurra eso será demasiado tarde para la vuelta atrás y tendrán que buscarse otro a quien echarle la culpa de sus males.

