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martes 15 de diciembre de 2009

Nacionalismos e independentismos

Hace tiempo, un compañero catalán me comentaba en broma que nos íbamos a enterar el día en que Cataluña se declarase independiente. En idéntico tono, le contesté que tenía una forma muy sencilla de conseguirlo que consistía en hacer un referendum en toda España excepto en Cataluña. Aunque nominalmente pudiera llamarse expulsión en lugar de independencia, los resultados prácticos serían idénticos. Para mi sorpresa, no le gustó la broma aunque supongo que consideraba la propia de un gusto excelente.

Los que no creemos en el "España es una unidad de destino en lo universal" del fundador de la Falange no nos asustamos por la palabra independencia ni, en consecuencia, con que alguien confiese que ése es su objetivo político. Lo que sí resulta molesto es que haya quien trate de obtener posiciones de privilegio utilizando como amenaza permanente precisamente la posibilidad de caminar hacia la independencia.

El independentismo es una opción perfectamente legítima al igual que puede serlo el anexionismo siempre que no se hagan trampas. Por ejemplo, parece que a Puerto Rico no le sentó muy mal entrar a formar parte de Estados Unidos y, por el contrario, parece que el intento de Marruecos de apropiarse por completo del Sahara no es muy bien recibido como claramente está de actualidad estos días.

Sin embargo, al igual que el independentismo puede ser una meta legítima, el nacionalismo no lo es porque olvida en su discurso un elemento básico: Que los derechos son de las personas individuales y no de "comunidades" cuyas fronteras geográficas e incluso ideológicas gustan de manipular al máximo.

Nada más querido para un nacionalista que confundir "catalán" con "nacionalista catalán", "vasco" con "nacionalista vasco" o "español" con "centralista español facha". Además, necesitan constantemente aparecer como víctimas aunque ejerzan de verdugos y, en contra de lo que algunos dicen en el sentido de que "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando", el nacionalismo es inmune a la experiencia porque ésta puede curar de la ignorancia pero no del sectarismo.

Hay múltiples ejemplos de esto aunque el más reciente lo encuentro en el libro Comunicación y poder del profesor de la Universidad de California del Sur y de la UOC Manuel Castells . Ya en la solapa del libro puede encontrarse la siguiente frase "Ha recibido condecoraciones en Francia, Cataluña, Finlandia, Portugal y Chile", frase que invita al juego de buscar cuál de los elementos no pertenece al conjunto y que, con seguridad, no se trata de un error de imprenta.

Ya dentro del libro nos cuenta que "las identidades culturales específicas se convierten en trincheras de autonomía y a veces de resistencia para colectivos e individuos que se niegan a disiparse en la lógica de las redes dominantes". La trayectoria de Castells e incluso el comentario visto antes llevan a pensar que esta frase tiene una lectura clara dentro de la onda del victimismo nacionalista aunque, y seguro que esto no le gustaría, puede ser perfectamente leída también como expresión de la situación de los hispanohablantes en la Cataluña que tanto venera Castells.

Esto es lo que no es aceptable. ¿Realmente se busca la independencia como se dice en las consultas de estos días en una serie de pueblos catalanes? Adelante; anímense porque es posible que encuentren muchos más de los que piensan dispuestos a apoyarles en sus ambiciones.

Lo ilegítimo del nacionalismo no es la búsqueda de la independencia sino del privilegio. Bien podría ocurrirles que, de tanto tensar la cuerda, se quedasen con ella en la mano pero cuando ocurra eso será demasiado tarde para la vuelta atrás y tendrán que buscarse otro a quien echarle la culpa de sus males.

domingo 13 de diciembre de 2009

La demostración sindical

Algunos recordamos, aunque sea de nuestra tierna infancia, la llamada “Demostración sindical” de la época franquista: Todos los primeros de mayo, un aburridísimo y largo espectáculo en el Santiago Bernabeu nos recordaba el apoyo de los sindicatos verticales al gobierno y a su máximo prócer, Franco.

Los sindicatos verticales fueron muy criticados y razón había para ello: Ni la parte económica (vulgo, empresarios) ni la parte social (vulgo, trabajadores) representaban a nadie salvo a sí mismos y su objetivo no era mejorar las condiciones de sus teóricos representados sino las suyas propias mediante el sencillo recurso de estar a bien con el poder.

Muchos años después, tristemente tenemos que preguntarnos si de verdad han cambiado tanto las cosas para los supuestos representados de unos y otros; los teóricos representantes son otros, sus discursos son distintos pero hay dos elementos que permanecen:


  1. 1.       El mantenimiento a toda costa de buenas relaciones con el poder.
  2. 2.       Su representación de sí mismos y de nadie más.

Parecería lógico que un sindicato tuviera una representatividad en función de su afiliación pero, de hacerlo así, la carencia de representatividad habría sido tan evidente que se optó por las elecciones sindicales para cubrir con papeletas lo que no se podía cubrir con carnets de afiliado.

Esto tampoco bastaba ya que en algunos sectores –por ejemplo, en la Administración Pública- los sindicatos autodenominados de clase eran abiertamente despreciados incluso con el baremo de elecciones y hubo que hacer otro invento: Conferir a los sindicatos que hubieran obtenido más de un 10% de los votos globales en unas elecciones sindicales el carácter de “más representativos”. Esto, lejos de ser una mera etiqueta, les confería una especie de derecho de pernada consistente en ejercer como representantes incluso en sectores donde su representación fuera minoritaria y, con los datos del sector en la mano, no tuvieran derecho alguno a ejercer la representación de nadie.

Todos los gobiernos han apreciado mucho tener enfrente a alguien con una representatividad otorgada que no real y con quien pudieran firmar acuerdos que vinculasen a todo el mundo prescindiendo de la más que discutible representatividad de los firmantes de uno y otro lado.

El gobierno actual ha seguido la estela de los anteriores y la única diferencia real está en que la búsqueda de un apoyo activo por parte de los sindicatos coloca a éstos cada vez más en evidencia y podrían sufrir mucho más por el “fuego amigo” que por los embates de sus adversarios políticos.

En épocas normales, saber que el sindicalismo se ha convertido en una rama de la actividad política puede molestar a algunos pero la cosa no va más allá. En épocas de crisis, la cosa cambia. Manuel Castells decía que la legitimación depende en gran parte del consentimiento obtenido mediante la construcción de significado compartido; por ejemplo, la creencia en la democracia representativa. El significado se construye en la sociedad a través del proceso de la acción comunicativa. La racionalización cognitiva proporciona la base para las acciones de los actores…así pues, la estabilidad institucional se basa en la capacidad para articular diferentes intereses y valores en el proceso democrático mediante redes de comunicación.


Traducido: La legitimidad se sustenta sobre una creencia generalizada de que esa legitimidad existe aunque se le reconozcan disfunciones; sin embargo, a medida que se van separando los intereses y los objetivos de teóricos representantes y teóricos representados, puede llegar un momento en que no se hable de legitimidad con disfunciones sino, lisa y llanamente, de ilegitimidad y, cuando eso sucede, todo el aparato que tan útil les ha sido a todos los gobiernos para tener alguien con quién sentarse se desmorona.

El asunto está en saber qué ocurre si ese aparato se desmorona y qué riesgos se pueden estar corriendo en el proceso. Hayek en Camino de servidumbre mostraba como el nazismo no surgió de la burguesía alemana sino de las clases trabajadoras. Éstas habian recibido grandes promesas pero, cuando las cosas se pusieron mal, se encontraron abandonadas por sus teóricos representantes que favorecían a otros grupos. Aparecían así obreros de primera –los favorecidos por los partidos y sindicatos que decían defender a LOS obreros- y los de segunda, abandonados a su suerte.

Cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia. En un entorno donde hay una masa creciente de trabajadores con contratos temporales, de obra o servicio, mercantiles o a través de ETTs plantear todo el aparato reivindicativo sobre el coste del despido suena a la célebre frase de María Antonieta a la que, poco antes de ser guillotinada, alguien le comunicó que la gente no tenía pan para comer y contestó con su célebre “Que coman pasteles”.

La eventualidad de que los actuales sindicatos acabasen también como María Antonieta podría ser considerada por muchos como un mal menor pero no lo es. La masa de los trabajadores de un país no está compuesta, aunque a muchos les guste creerlo así, por “trabajadores del conocimiento” sino por gente que ofrece un trabajo a cambio de un salario y tiene derecho a que sus intereses estén representados en el mercado de trabajo.

La dejación de esa función por parte de los que la ostentan podría, en un caso extremo, conducir a una situación de vacío completo de representatividad y la solución no está ni en ese vacío ni en una falsa representatividad como la actual. Urgen cambios en ese terreno.

jueves 10 de diciembre de 2009

"Pedro J. Ramírez al desnudo" de José Díaz Herrera: Una declaración de guerra en toda regla.

Cualquiera que lleve años siguiendo la actualidad española tiene poco riesgo de confundir al director de El Mundo con la madre Teresa de Calcuta; es más, el comportamiento de Pedro J. Ramírez en distintos momentos hace pensar de él que, como se dice de la Corona británica, no tiene amigos sino intereses. No obstante, el libro de Díaz Herrera, que es una biografía sin lugar a dudas no autorizada, tiene algo contradictorio en su origen:

Según dice el propio autor, la propuesta de su editora consistió en hacer una biografía de Polanco en su papel de zar de los medios de comunicación y fue él mismo, Díaz Herrera, quien corrigió a la editora al decirle que se estaba equivocando de personaje y que el zar era otro, sobre todo en un momento en que el primero padecía un cáncer terminal. La lectura de la contraportada y del prólogo del libro son suficientes para darse cuenta de que éste no es un libro escrito por un amigo y ahí reside la contradicción: Si el personaje retratado en estos términos tiene tanto poder como el que el autor le atribuye ¿qué tiene el autor que ganar escribiendo tal libro? Parecería por el contrario que, sea lo que sea lo que pueda cobrar por las ventas del libro, tiene mucho que perder ¿o no?

A estas alturas de la película, no vamos a pensar que el protagonista del libro sea un alma cándida e idealista pero Díaz Herrera tampoco es ningún novato y tampoco cabe pensar que se haya metido en la boca del lobo por motivos altruistas. ¿Cuál es, entonces, el beneficio de una empresa en la que lo único visible son los riesgos?

Creo ser un ciudadano medianamente informado y, con la información a mi alcance, no he podido encontrar -como sí me ha ocurrido con muchos otros libros- una sola información falsa en el libro de Díaz Herrera. Naturalmente, eso tiene un valor muy limitado porque significa que algunos hechos relatados en el libro responden a lo que ya sabía sobre el asunto, otros me resultan totalmente desconocidos y, por tanto, no tengo elementos de juicio y, sobre todo, el problema del libro puede no estar en lo que dice sino en lo que no dice y ahí sí he encontrado abundante material:

Comienza Díaz Herrera el libro con una imagen impactante del estilo del "Gomorra" de Roberto Saviano: Un suicidio producido como consecuencia de la manipulación informativa de Ramírez y Jiménez Losantos con referencia al 11M relativa a la célebre mochila de Vallecas. No sé si el autor tendrá razón o no en ese episodio concreto pero hay muchos más interrogantes en ese atentado que el de la mochila que parece focalizar toda la atención del autor. Aunque vuelve a retomar el asunto en los últimos capítulos, sigue sin tocar algunos de los interrogantes básicos. Muchos hemos acabado por declararnos "agnósticos activos" con respecto al atentado en el sentido de concluir que no sabemos cuál es la verdad pero seguro que la que nos venden no lo es. Díaz Herrera salta de la mochila de Vallecas a la teoría de la conspiración pero, al ignorar muchos otros puntos oscuros en los que se apoya tal teoría, da una imagen distorsionada en la que, al parecer, todas las denuncias de irregularidades no obedecen más que al capricho y la ambición de un personaje, capricho y ambición que sin duda existen pero que no bastan para rechazar muchos de los interrogantes levantados.

Saca Díaz Herrera también a colación el autor la agresión real o supuesta contra José Bono y cómo un comisario fue condenado por la detención de dos miembros del PP; sin embargo, en ningún momento menciona, como se dijo en su momento, que hubo algún policía heroico que afirmó que el ministro quería detenciones y las tendría.

En relación con el tema de los GAL, el autor toma una serie de artículos escritos por Ramírez de los que puede deducirse un apoyo inicial a la idea de combatir contra ETA en su refugio francés, postura que cambiaría más adelante. Sin embargo, también aquí el autor omite algunos elementos clave: Cuando el GAL pasó a representar una forma de vida para algunos, empezó a aparecer un fenómeno de corrupción que llevó incluso a la muerte de inocentes como, por ejemplo, García Goena o al secuestro de otros inocentes como Segundo Marey...luego se había producido un cambio. Díaz Herrera resalta el papel de Garzón y su abandono del sumario para entrar en política de la mano de Felipe González y, al verse engañado por éste, su vuelta al juzgado para tratar de encarcelar al mismo Felipe González.

Los motivos de Garzón no podían ser más espurios y Díaz Herrera atribuye a Ramírez el intento de caza y captura de Corcuera y un cambio de posición respecto de Felipe González. ¿No se había entrado ya en la época de corrupción de la etapa final de Felipe González y no era el propio GAL una corruptela más que llegaba hasta el extremo del asesinato de inocentes? Los motivos de Garzón y de Ramírez pueden no ser muy puros pero en el otro lado también habían cambiado las cosas.

Por otro lado, se encuentra un curioso comentario acerca de Eduardo Sotillos: A raíz de unas declaraciones acusando de amarillismo a Diario 16, periódico que dirigía entonces Ramírez, José Luis Gutiérrez se despachó con un artículo en contra de Sotillos sacando a relucir escritos de éste que le mostraban próximo al franquismo (algo parecido les ha ocurrido incluso a Víctor Manuel y a Haro Tecglen, o sea, nada anormal).

Díaz Herrera se pregunta si es legítima una actuación de este tipo puesto que alguien puede haber cambiado de opinión pero, al parecer, se resiste a aplicar idéntico principio a su propio libro olvidando que, respecto de Felipe González, son muchas las personas que pudieron seguir una trayectoria similar a la de Ramírez -sin influencia alguna por su parte- y pasar de la ilusión al hastío e incluso a la repugnancia en los últimos años con escándalo diario de corrupción. ¿No es legítimo el cambio en ese contexto cuando los célebres GAL se habían transformado tambien en un instrumento de corrupción y de asesinato de inocentes si hacía falta?

Ésta es la tónica: La omisión como forma de producir una imagen distorsionada de un personaje que, por lo demás, no es precisamente un espíritu puro ni alguien que se pueda tener ni a la espalda ni con la proa puesta a alguien. Sin embargo, sigue quedando en el aire la pregunta sobre por qué este libro y por qué viene de alguien que atribuye al retratado un poder y una capacidad de manipulación casi ilimitadas.

Una anécdota significativa: Cuando saltó a la luz el célebre video que mostraba "a qué dedicaba Pedro J. Ramírez su tiempo libre", al margen de que fuera obtenido legal o ilegalmente, está claro que un video en que alguien aparece con un corsé rojo mientras otra persona se dedica a orinarle encima y a introducirle consoladores...tiene ya poco recorrido en la vida pública salvo que se llame Pedro J. Ramírez. Éste no sólo consiguió que hubiera sentencias condenatorias sino que basó su defensa pública en la palabra "montaje" omitiendo -una vez más, las omisiones- que el montaje era político pero no fotográfico o, en otras palabras, que el video era real y el montaje se refería al uso que se había hecho de él.

Hay que manejar muy bien los hilos del poder para salir indemne de una historia como ésa de la que nadie volvió a hablar y, por ello, no resulta difícil estar de acuerdo con Díaz Herrera en cuanto a la magnitud del poder manejado por Pedro J. Ramírez. Sin embargo, ese simple hecho abre un interrogante sobre el propio Díaz Herrera y los motivos para un libro que le va a granjear tan poderoso enemigo:

 Cui prodest?


¿Es un ajuste de cuentas en una etapa final de la actividad profesional en la que Díaz Herrera no tenga ya demasiado que temer o se está dejando utilizar por alguien? Si así fuera ¿quién, para qué y a cambio de qué?

Hace años, con ocasión del asesinato de una etarra por sus compañeros, alguien de Batasuna se refirió al asunto como "una guerra entre generales" más que un mero asesinato. Sería difícil encontrar una definición más adecuada para la impresión que produce este libro: No parece la lucha del apasionado de la verdad contra el ambicioso y manipulador sin límites sino, precisamente, una "guerra entre generales". Sería interesante saber a qué ejércitos están sirviendo el biógrafo y el biografiado.

martes 8 de diciembre de 2009

HERMANN TERTSCH Y LOS INCONTROLADOS DE MARTIN VILLA

Los que vivimos los primeros años de transición tenemos grabada en la memoria la expresión "incontrolados" utilizada por el entonces ministro del Interior Martín Villa para referirse a bandas de asesinos de ultraderecha sueltos que, entre otros méritos en su curriculum, tienen el crimen de los abogados de Atocha.

Hermann Tertsch es un periodista crítico, amargo y se nota a distancia que la televisión no es su medio pero la salvaje agresión que ha sufrido recuerda demasiado a los "incontrolados" de Martín Villa que acostumbraban a dar palizas a aquéllos que no tuvieran una presencia acorde con sus estrechos cánones cuando no directamente a asesinar.

Es una larga tradición que podemos remontar a la época del Frente Popular con los milicianos que funcionaban también de forma "incontrolada" e incluso más atrás.

Lo primero que hay que criticarle a Hermann Tertsch es su torpeza. Siguiendo la lógica de su propio discurso, cabía pensar que tal vez nos estemos alejando cada vez más de las conductas esperables en una democracia consolidada y, por tanto, un crítico como él no es un ciudadano más y, por tanto, le guste o no tiene que caminar con un servicio de seguridad a su lado.

Eso sí, cuando un periodista abiertamente crítico con un gobierno recibe el tratamiento que ha recibido Hermann Tertsch da mucho, demasiado que pensar. ¿Han vuelto los incontrolados de Martín Villa, es decir, los mismos fascistas aunque tengan un carnet distinto? Tal vez nunca se fueron y ahora tienen otro "look" pero permanecen donde siempre estuvieron: A la sombra del poder de turno.

Se produce la agresión poco después de un montaje de imágenes hecho por el autodenominado "gran Wyoming" donde, en el tono repugnante de los que se refugian detrás de una broma, acusaba a Tersch más o menos de asesino a sueldo. Un poco antes, había hecho una entrevista simulada a Zapatero y le había salido graciosa pero lo de Tersch no tenía ninguna ni creo que fuera ser gracioso la pretensión sino justificar la agresión con un supuesto humor.

No es que la práctica sea original. En un programa aparentemente tan inocuo como "El aprendiz" se ha llegado a colocar como promoción de la final este video http://www.youtube.com/watch?v=tnVNjxWnRWM que, en ningún momento, llegó a aparecer en el programa y donde, casualmente, en ningún momento se ve juntos a los dos protagonistas. ¿Otro montaje justificado con la búsqueda de audiencia?

Tampoco son originales éstos. La por algunos tan llorada Encarna Sánchez, aunque ejercía de defensora de la verdad, utilizaba mucho el truco de las entrevistas simuladas donde ponía su voz en unos tonos que un entrevistado normalmente constituido jamás le habría tolerado y después montaba la supuesta respuesta del supuesto entrevistado.

Hemos cambiado las porras por las cámaras pero es la misma gentuza.